Patricio Pron, relaciones rotas en un mundo roto

Patricio Pron, relaciones rotas en un mundo roto

Una línea de luz había ido deslizándose por el suelo hasta alcanzar el montón de hojas de papel. Eso significaba que uno de los últimos días de ese verano estaba terminando, o comenzaba”. Así empieza Mañana tendremos otros nombres, la nueva novela de Patricio Pron, y todo el libro se puede leer en esa parábola de luces y sombras. De hecho, a algunos lectores les parecerá un relato desesperante, que trabaja sobre las relaciones rotas en un mundo también roto, que habla de cómo las ciudades perdieron la identidad y de cómo el capitalismo nos hace hacer cosas que no queremos, y otros dirán, en cambio, que es una novela sobre la calma que llega después de los duelos y sobre cómo las relaciones ofrecen, de tanto en tanto, una segunda oportunidad.

Quizás una de las claves esté en las profesiones de los dos personajes centrales. Dado que no tienen nombres, como ya nos sugiere el título, y los conocemos apenas como Él y Ella, lo que definirá en cierto modo su singularidad serán lo que hacen; Él escritor, Ella arquitecta. ¿Qué pasa cuando un escritor y una arquitecta tienen que construir una vida juntos, una convivencia, alguna especie de futuro? Entonces suceden los equívocos, los malentendidos, los pasos en falso pero también los momentos de comunión y felicidad compartida. En ese sentido, Mañana tendremos otros nombres es también una gran pregunta sobre la relación siempre tensa entre el arte y la vida, sobre cómo encontramos las estructuras para narrar libros y para construir edificios pero también, por que se trata finalmente de lo mismo, sobre cómo hacemos para vivir juntos.

–¿Cuáles fueron los detonantes que te llevaron a escribir este libro?

–Hubo varios. Uno fue la constatación de que ciertas experiencias personales se alineaban con un momento histórico en el que estamos pensando cuestiones esenciales de las relaciones entre hombres y mujeres. El concepto de pareja, el concepto de aceptación de la oferta amorosa, etc. Los límites en las relaciones entre las personas están siendo redefinidos por múltiples variables, entre las cuales se incorpora el mundo tecnológico. Eso genera una gran perplejidad, que no es necesariamente la mía, pero sí la de muchas personas que me rodean. Eso se sumaba al hecho de que la intromisión de las nuevas tecnologías no estaba siendo abordada por la novela en español.

–Cuando trabajás con materiales tan actuales, incluso coyunturales, ¿cómo se hace para que el libro no se convierta en periodismo, incluso en denuncia?

–La forma de evitar ese tipo de peligros, que son inherentes al proyecto, consiste en no producir un texto moralista. Este libro no lo es, no dice cómo las personas deben gestionar sus relaciones amorosas. Por otra parte, creo que la forma de trascender lo que hubiera sido una crónica periodística, es procurar dar un paso hacia atrás para contemplar mejor el paisaje. No tenemos en un libro las prisas que tiene el periodismo. La novela corre el riesgo de quedar desactualizada en unos años, pero en todo caso constituirá un monumento de un momento específico en el que nos encontrábamos en una instancia de transición de un régimen moral a otro, del cual no sabemos demasiado.

–El libro está regado de incisos teóricos o ensayístico. ¿Cómo pensás el contrabando entre narración y teoría?

–En mis libros anteriores, la parte ensayística era el resultado de la forma en la que la novela argentina desde los años sesenta se fue inclinando hacia el ensayo. Esa convivencia de ensayo y novela en otros países sería una anomalía y en la Argentina es parte de la religión. Pero en mis libros anteriores la carga de ideas recaía sobre los personajes, en ciertas reflexiones de los personajes. Esta es la primera novela en la que me permití atribuir esas reflexiones a un narrador más o menos omnisciente. Ese es un desarrollo nuevo en el ámbito de mis libros y un tipo de experimento que quizás haya funcionado.

–¿Qué libros estuviste leyendo mientras trabajabas en esta novela?

–El proceso de documentación fue muy importante. Fue importante contar con la complicidad de amigos y amigas que, a sabiendas de que estaba escribiendo esto, me mostraron sus capturas de pantalla, sus chats, las fotos que les mandaban. En cuanto a los libros, los nombres de los autores que abordan la experiencia amorosa quizás sean los previsibles:Updike, Barnes, Martin Amis, Vivian Gornik, Sheila Heti. La incertidumbre del paso de un orden de moralidad a otro está muy bien narrado en la novela anglosajona contemporánea, más que en las novelas de otras literatura como la alemana, italiana o española. Estas lecturas fueron útiles no solo para pensar en qué escenarios iba a insertar la novela que quería escribir, sino también para comprender también qué es lo que se había hecho y lo que faltaba por hacer.

–Otro elemento importante de la novela es el tema de la maternidad y la paternidad como conflicto, como decisión o como fatalidad.

–Lo más interesante del tratamiento reciente en la literatura respecto del tema de la maternidad o la paternidad es que las experiencias a abordar no necesitan ni una inmanencia ni una institución a cuestionar. Es un momento en el que ya se esclareció lo que parece un hecho evidente –que la biología no condiciona todos nuestros desarrollos– y se destruyó la idea de que el matrimonio o la pareja tendría como finalidad explícita la reproducción, así que ya se puede ir más allá. Al margen de ello, es un problema que los que tenemos entre 35 y 45 años empezamos a pensar con especial énfasis. No se escriben libros para resolver problemas de esta importancia, pero no es accesorio mencionar que la escritura del libro coincidió con un periodo en el que mi esposa y yo decidimos que no vamos a tener niños. A veces uno escribe libros para no vivir las cosas que les pasan a los personas, y a veces es al revés. A veces los libros son autobiográficos a posteriori.

–¿Te parece que tu trabajo se va a leer de otro modo luego de haber ganado un premio de estas características?

–Creo que este tipo de reconocimientos y sobre todo el Premio Alfaguara, que es posiblemente la caja de resonancias más importante que puede tener un libro en lengua española, condicionan mucho la percepción de una obra. Para algunos este premio es una ratificación, para otros es una consagración, para otros será incluso una concesión por mi parte. Todas estas visiones son exteriores al autor y no me identifico con ellas, como tampoco me identifico con el concepto de una carrera literaria. Yo siempre estoy comenzando y con cada nuevo libro me juego el que constituye el premio mayor de la literatura, que es la posibilidad de ser un escritor. En cada libro procuro obtener de nuevo las credenciales de escritor. Este premio me parece una constatación de que algunas cosas he hecho bien, entre muchas otras que he hecho mal o muy mal. Y también la oportunidad de obtener una especie de independencia absoluta, una carta blanca. Algunos autores pueden usar esa carta blanca para producir una literatura más accesible o más popular y, creo que en mi caso, por una especie de perversión del carácter, me lleva a desear escribir libros más complicados y más duros en un futuro inmediato. Incluso creo que este libro es de por sí, en el contexto del Premio Alfaguara, un libro duro. No es lo que se suele considerar un libro para un premio. Eso demuestra que no hay categorías inamovibles.

–¿En cierto momento de tu vida tomaste la decisión de dedicarte a la literatura en detrimento de la vida académica?

–Sí. Lo curioso es que todas las decisiones relevantes en mi vida no han sido tomadas de modo deliberado. Yo quería seguir la vida académica, aunque eso implicase dejar de escribir ficción. Estaba viviendo en Alemania, muy feliz, se presentaba ante mí una carrera académica interesante, estaba dispuesto a recorrer ese camino, pero la que era entonces mi mujer no quería vivir más en Alemania y tomamos la decisión de ir a España. Un año después nos separamos pero ya para mí era muy trabajoso volver al camino universitario. Al mismo tiempo, tampoco fue una decisión dedicarme a escribir. Empecé a hacerlo y ahí aparecieron personas que dijeron que ahí había un escritor en formación. Esas decisiones vitales no fueron tomadas por mí y eso me alivia en cierto sentido, porque siento que están fuera del alcance de mis errores.

–¿Cómo fue cambiando tu relación con la literatura argentina en los diez años que llevás en España?

–Es inevitable que cambie, sobre todo porque la literatura argentina ha cambiado también. En mi caso, mi interés por la literatura argentina aumentó, y no por una cuestión de nostalgia, sino porque ahora disponemos de herramientas para saber de forma casi inmediata lo que se está produciendo en la Argentina. Aunque eso no es tan así. Cuando yo me fui, en 1999, dejé un sistema muy sólido, con grandes suplementos que todos leíamos, con una circulación muy interesante entre el ámbito del periodismo y el ámbito de la academia. Uno podía entonces saber lo que estaba pasando a través de los diarios. Esos diarios cambiaron o desaparecieron y desde Alemania era difícil saber lo que estaba pasando. Pero la llegada de las redes sociales permitió una nueva inmersión, más dispersa y menos jerárquica, pero en última instancia mayor, en la literatura argentina del presente. Eso aumentó mi interés, pero en última instancia nunca dejé de pensarme a mí mismo como lo que soy:un escritor argentino que vive fuera del país.

–Tu forma de hablar se españolizó, y también parte de tu escritura. ¿Cómo pensás ese proceso?

–Son transformaciones o desarrollos que no me afectan particularmente. Ha sido la forma en que, al desnaturalizar mis vínculos con el idioma de origen y convertirlo en otra cosa, ese lenguaje se enriqueció. La desnaturalización de ese vínculo con el lenguaje se produjo en Alemania, en contaminación con otras lenguas. Nunca me pareció negativa, y es más bien una oportunidad de cuestionamiento de ciertas premisas que si no vives fuera de Argentina te parecen naturales.

Mañana tendremos otros nombres, Patricio Pron. Alfaguara, 280 págs.