La importancia de seguir conmemorando el Día del Holocausto

La importancia de seguir conmemorando el Día del Holocausto

Gueto de Varsovia (AP Photo/File)
Gueto de Varsovia (AP Photo/File)

“¿Warum?”, “¿Por qué?”, preguntó el rabino temblando de horror, mientras tomaba el brazo del joven SS, que apuntaba para matar a un niño. El chico contrabandeaba comida, migajas de basura del otro lado del muro del gueto de Varsovia, y el soldado lo había descubierto. La respuesta que el soldado dio al rabino marca a fuego la memoria de Europa y define la esencia de la maldad: “Hier ist kein warum”, “Aquí no hay ningún porqué”.

Primo Levi narró esta anécdota en su extraordinario libro Si esto es un hombre y Pilar Rahola, en uno de sus tantos fascinantes artículos, recuerda esta historia y concluye que el mal no necesita respuestas, pero, sobre todo, no necesita ninguna pregunta. No había un porqué, y huérfanos del porqué mataron a millones de personas. Si Hannah Arendt descubrió, en el proceso contra Adolf Eichmann, que el mal era banal, años antes un rabino había descubierto que ni siquiera tenía un motivo. Y la ausencia de motivo era la raíz más profunda del horror.

Esta semana se ha conmemorado el recuerdo por las víctimas del Holocausto, la Shoá, el exterminio sistemático y masivo de la tercera parte de la población judía del mundo durante la Segunda Guerra Mundial. Seis millones de poetas, médicas, escritores, maestras, científicos, costureras, sastres, cantantes, artistas, niños, adultos, ancianos, hombres y mujeres. Todos desaparecidos sin poder responder el porqué del rabino.

Estamos atravesados por la historia. Nuestra dimensión humana adquiere sentido al sabernos existencias, no solo con una carga genética y producto de un complejo proceso físico-químico, sino seres con una larga sucesión de generaciones y producto del misterio y del milagro.

Somos portadores de un mandato. Al pueblo de Israel se nos ordena recordar. Siempre recordar. Recordar que fuimos esclavos en Egipto, recordar el Shabat. Recordar nuestro pasado, recordar el tiempo.

Al ser liberados de la esclavitud de Egipto, nos transformamos en esclavos de la memoria. Y entonces, tal como describe Jorge Luis Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan: “Todas las cosas le suceden a uno precisamente ahora. Siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí”.

La Shoá no debe ser interpretada solo como un evento histórico que narra la tragedia y el horror que alcanzó el hombre del siglo XX. La Shoá debe ser comprendida como un acontecimiento que cruza las barreras de la historia para plantearnos nuestro lugar en el presente como humanidad. En nuestra dimensión espiritual, en nuestro encuentro con el otro, en lo sagrado de la vida, en el uso de la tecnología, en el abuso del poder, en el monopolio de la palabra, en la ausencia de solidaridades, en el mutismo ante el dolor, en la tragedia de llegar siempre tan tarde a darnos cuenta acerca de nuestra misión en la Tierra.

Nuestra memoria viva, descarnada por los siglos, ensangrentada por preguntas sin respuesta, atormentada por tanta indiferencia de tantos. Como una lastimadura que cuesta cicatrizar, vuelve a abrirse con las mutaciones de un odio ancestral que hoy deviene en anti-sionismo.

Nuestra memoria viva ya no se pregunta por qué. Recuerda con orgullo nuestro ayer y reinterpreta nuestro rol en el hoy llamándonos a preguntar: ¿Y ahora, qué? Porque tenemos y sabemos el porqué.

“Todo lo que realmente pasa me pasa a mí”. Con este nuevo imperativo categórico y en un tiempo donde los esfuerzos mayores relacionados con este desafío están increíblemente orientados en tener que demostrar la veracidad de lo sucedido, aquellos que sentimos en el alma que aquello que pasó nos pasó a nosotros mismos somos el compromiso de ser la historia que fue, para legarle al futuro el mensaje de todo lo que podemos alcanzar a ser. Porque sabemos por qué.

Resuenan entonces las palabras de Elie Wiesel en El olvidado:Acuérdate que, sin la memoria, la verdad se convierte en mentira, puesto que solo toma la máscara de la verdad”.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masortí.

Fuente: Infobae