La importancia de llamarse Solari

La importancia de llamarse Solari

“Donde va la gente cuando llueve/ Donde los que no tienen lugar” (Pedro y Pablo, 1970)

Parafraseando a una de las primeras canciones del dúo histórico conformado por Miguel Cantilo y Jorge Durietz, una duda puede trasladarse a la masa de gente que llenó tres días consecutivos el Hipódromo de San Isidro con motivo de la última edición del Lollapalooza: ¿A dónde los llevará la curiosidad y el apetito cultural durante el resto del año?

De 180 mil concurrentes, y descontando reincidentes, se podría descremar una cifra redonda de 100 mil. Entonces, conjeturemos: ¿qué pasaría si apenas el 20 % de ese público se derramara en la cartelera de fin de semana de otras actividades musicales? Esto es , veinte mil personas incorporándose a la oferta de la escena de CABA y el Gran Buenos Aires. Estaríamos hablando de una escena floreciente, alentada a la competencia y la alternancia.

Pero no, ni siquiera. Porque el Lollapalooza (un evento sólido y estimulante en organización y grilla, qué duda cabe) parece estar agotando la capacidad de sorpresa de un altísimo porcentaje de sus asistentes, que podrían estar empleando en el abono de tres días (y un abono de Spotify premium anual) todo lo que necesita invertir en música en 12 meses. No es nada difícil pasear por el predio e imaginar que el próximo lugar donde uno podría cruzarse a esos chicos y chicas sería más bien en una platea del Cirque du Soleil, en una grada de Mundo Marino o en alguna sala de cadena de cine.

Querrá el lector saber de qué lado de la grieta se pone uno al respecto: si del de esta forma de relacionarse con la música, pasiva y descomprometida, como de visita en el disfrute de la música, o en el de la militancia galopante, que termina reclamando protagonismo, enarbolada en aceptar ciegamente, de forma totalmente acrítica, los postulados artísticos de uno o varios artistas. Que valga la abstención.

A cuarenta días de su edición, cuesta visualizar lo que en redes sociales se denomina conversación sobre el libro de memorias del Indio Solari, Recuerdos que mienten un poco. Lo que repercute, más bien, es el pulgar arriba de los fans, ratificadores de evangelio para un volumen que, por profuso y tomado con mucha responsabilidad por el propio Solari, tiene aristas y temas de discusión. Y es ahí que cabe recordar que también es mínimo el porcentaje de los 200 mil seguidores del Indio que se vuelca a bucear sobre nuevos sonidos en los antros bonaerenses cuando llega el fin de semana. Aunque su ícono les suba el precio en el libro, sosteniendo que “entienden todo” (sobre el prejuicio de que no están a la altura de sus letras”), habría que admitir que su relación con la cultura rock no es menos eventual que la de los concurrentes al Lollapalooza, cuestiones de clase aparte.

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De Solari dijo Borges: “Hombre versado en todas las disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías, huésped de infiernos y de cielos, autor panajedrecista y astrólogo perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época”. Claro, la referencia no fue vertida sobre el cantante, sino sobre Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari, el nombre completo del artista que el mundo conoció como Xul Solar. “Soy el creador de un idioma universal, la panlengua, sobre bases numéricas y astrológicas, que contribuirá a que los pueblos se conozcan mejor”, decía quien ayer hubiera cumplido años. En prédica y pretensión, no dejemos solos a los Solari de este mundo.

JB