Una jauría hambrienta que moría por un pastel: así fue la Navidad de 2015 en la prisión de Puente Grande

Una jauría hambrienta que moría por un pastel: así fue la Navidad de 2015 en la prisión de Puente Grande

En diciembre de 2015 los presos del Centro Federal de Readaptación Social habían tenido semanas complicadas en las que no habían visto el sol y más de una ocasión se les habían suspendido los alimentos (Foto: archivo/ Cuartoscuro)
En diciembre de 2015 los presos del Centro Federal de Readaptación Social habían tenido semanas complicadas en las que no habían visto el sol y más de una ocasión se les habían suspendido los alimentos (Foto: archivo/ Cuartoscuro)

“Éramos –agresivos y sumisos– como animales a la espera de un pedazo de carne. Era una vez la Navidad en la cárcel federal de Puente Grande“, con esta frase, el periodista Jesús Lemus describió cómo fue pasar las fiestas decembrinas en una cárcel federal y en medio de algunos de los delincuentes más peligrosos del país como el llamado “sargento Rafael T. Gómez”, uno de los jefes más sanguinarios del cártel de los Zetas.

Lemus fue acusado falsamente de ser uno de los jefes del Cártel de la Familia Michoacana. Durante tres años convivió con capos, secuestradores, violadores, narcos caníbales y asesinos hasta que pudo demostrar su inocencia y una vez fuera de prisión ha escrito una serie de libros sobre las experiencias que vivió tras las rejas como interno en Puente Grande.

En su crónica sobre la Navidad de 2015 en el en prisión, recordó que ese día habían recibido un anuncio que hizo “salivar” a los presos: por ser una fecha especial tendría una cena que consistiría en lomo de cerdo, pastel y coca cola, bajo la previa advertencia que todo debía transcurrir con tranquilidad, de lo contrario, la celebración, programada para las 19:00 horas, sería cancelada.

Aquella Navidad en Puente Grande terminó de una forma inesperada (Foto archivo/: Cuartoscuro)
Aquella Navidad en Puente Grande terminó de una forma inesperada (Foto archivo/: Cuartoscuro)

“Yo era como el perro de Pávlov: en cuanto se abrió la puerta me consumía el hambre. Yo fui el primero en salir de mi celda, la 149. Atrás de mí salió Alfredo. Frente a la pared, en la fila, ya esperaba la mitad de los presos. Rafael Caro Quintero -uno de los grandes narcotraficantes mexicanos- me miró con ojos compasivos, seguramente notó el hambre que se me desbordaba por el cuerpo… Éramos una jauría hambrienta, con ojos brillosos de llanto”, narró Lemus en su relato “Érase una vez la Navidad en Puente Grande”.

Ese 24 de diciembre, los presos también habían tenido la oportunidad de salir 30 minutos al patio, después de 20 días de guardias “muy duras”, en las que no se les permitía salir de la celda. “Nos habían suspendido la alimentación no menos dos veces por semana”, expresó.

Éramos unos perros flacos, parados a mitad del patio, tratando de tragar un rayo de sol. Con la cara al cielo y los ojos cerrados frente aquella cálida luminiscencia, abriendo la boca, cada quien se hundió en sus pensamientos. Mis recuerdos corrieron veloces por sentirme lejos de casa. En la cárcel lo más difícil es llorar. Ese día en el patio miré a varios presos que discretamente se limpiaron las lágrimas”, añadió.

La prisión federal de Puente Grande se encuentra en Jalisco (Foto: UdeG TV)
La prisión federal de Puente Grande se encuentra en Jalisco (Foto: UdeG TV)

Después de recibir los rayos del sol, los reos contaban las horas que faltaban para degustar la cena de Navidad que se les había prometido horas antes.

Cuando finalmente llegó la hora, todos en fila, con la vista al suelo y las manos sobre la nunca, se dirigieron al comedor, donde el aroma de la cena ya se había esparcido en el ambiente.

“El aroma a cerdo era una caricia en el alma. En el aire un intenso olor a piña fresca con retama sazonaba el pensamiento. La fuga era incompleta: la mente volaba pero el cuerpo seguía anclado al frío metálico de las celdas”, el jefe de custodios pidió a los presos cerrar los ojos para elevar una plegaria, pero la idea de comer pastel no dejó a Lemus cumplir con las instrucciones.

De repente, en el fondo del comedor, se escuchó un grito que puso en alerta a los guardias y suspendió la cena, “después todo fue confusión. Los platos volaban de un lado hacia otro en aquel comedor. Las coca colas fueron improvisadas proyectiles que cruzaban en el salón. Como espectador en primera fila, miré como se trenzaban a golpes el teniente Baltazar -otro narco- y el sargento Rafael T. Gómez. Los militares de un bando y otro se sumaron al conflicto, y en menos de lo que lo cuento ya estaba frente al comedor un grupo antimotines. Nadie alcanzó a comer pastel”.

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El olor a comida fue sustituido por el de gas lacrimógeno y el suculento manjar, incluyendo pedazos de pastel, quedaron tirados en el piso. Los presos fueron llevados nuevamente a su celda sin haber terminado la cena que había añorado todo el día.

“Allí estábamos de nuevo. Éramos un amasijo de hambre permanente, una jauría carcelaria derrotada por un pedazo de pastel y un trozo de carne”, finalizó Lemus, autor del libro Los malditos, crónica negra desde Puente Grande.

Fuente: Infobae